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Prioridades necesarias para una mejor Educación Infantil

Autor

Sánchez de Puerta Rey, Jorge

CEIP Santa Bárbara, Cerro Muriano

Resumen

La Educación Infantil debe contar con los profesionales necesarios para garantizar un desarrollo de calidad y equidad en las primeras edades que eviten el fracaso posterior. La selección de los mismos será precisa de forma más acorde con el perfil que deseemos establecer.

Las leyes tienen un papel importante pero no determinante en este objetivo. Una buena planificación del trabajo y el respeto por la misma será un factor mucho más decisivo. Pero esta planificación debe estar, además, basada en los principios propios de la etapa y no en los que deben ser abordados con la necesaria posterioridad entre los pasos que guían un proceso.

La familia debe ser la auténtica garante del éxito de la misión. Se hace necesaria la asunción precisa de responsabilidades en un trabajo coordinado con la escuela.




No resulta fácil intentar hacer un diagnóstico cuando hablamos de educación. Plantearse las claves de los conocidos principio de calidad y equidad nos llevan a tomar como primer requisito el de la profesionalidad. Las personas, mujeres y algunos hombres, que nos dedicamos a desarrollar nuestro trabajo en esta etapa, precisamos de una formación y una actitud cada vez más idóneas.

Los procesos de selección, desgraciadamente, no acompañan esta primera condición. Las oposiciones de Primaria (no pasemos por alto que aún no tenemos un modelo específico de selección) han sido un ir y venir de informaciones, de planteamientos dudosos, de tardanzas y zozobras. Pero ahora que está todo indeterminado (circunstancias económicas y políticas que prefiero no tratar) se hace necesaria la reflexión sosegada sobre muchos aspectos que han hecho de las mismas de todo menos un proceso igualitario y efectivo de selección. Cabe la pregunta, sin respuesta, sobre los objetivos que se propone la Consejería de Educación con todo este proceso. Cuesta comprender el papel de los sindicatos, de cualquier signo, en unas actuaciones que suponen cerrar toda puerta a la esperanza para la educación:

  • El manejo de criterios que no están basados en la obtención de mejores profesionales, sino que de forma expresa buscan su propia supervivencia: distinción nada igualitaria entre las personas que pretenden acceder a las aulas (informes, antigüedades, etc).

  • La consideración de la Educación Infantil como una etapa menor en la que nunca han considerado exigir un proceso adecuado a los perfiles necesarios.

  • La falta de formación previa de los tribunales para desempeñar su tarea con un mínimo grado de coherencia.

  • Continúa sin replantearse la condición de funcionario de carrera para lograr no seguir abriendo cajas de sorpresas dentro de los centros educativos.

  • Un etcétera de situaciones que para nada suponen considerar la baja calidad de nuestros profesionales de la Educación Infantil pero sí la deficiente selección de los mismos.

Se supone aconsejable no seguir convocando rebajas para el acceso a la función pública si se quiere contar con una plantilla, dentro de cada centro educativo, que permita afrontar retos, cada vez mayores, de calidad en la educación.

Entiendo que necesitamos un cambio sustancial en el planteamiento que podría estar en:

  • la mejora en cuanto a la preparación que realizan las universidades con adecuación de los planes de estudio,

  • un proceso de selección que atendiera aspectos tan necesarios como la ya existente prueba de conocimientos específicos, pero también aspectos psicológicos, capacidad de trabajo en equipo y organización, etc.

  • incentivos económicos dependiendo del grado de satisfacción generado por el desempeño de la labor docente,

  • flexibilidad en la pérdida de la condición de funcionario para aquellos casos que lo requieran.

Comenzamos un nuevo curso que se distingue por la interrogante sobre una nueva ley de educación, muchos tendríamos que confesar el desconocimiento total o parcial de la actual (manifiesta en algunas de las reuniones que mantenemos). Los distintos gobiernos siguen sin comprender que cualquier mejora supone un proceso interno al que no damos tiempo, para el que seguimos sin aportar los medios que esas mismas leyes establecen y en el que nunca se abordan cuestiones tan fundamentales como el día a día de los centros educativos. Las grandes trabas continuarán proporcionando idénticos resultados mientras no existan planteamientos que tomen en cuenta el origen y causa de los mismos. No puede existir una creciente autonomía de los centros si no se prepara para la gestión, económica u organizativa, de cada uno de ellos.

Lo que si podríamos considerar fundamental es que de una vez por todas, llegásemos a una auténtica coordinación entre etapas si es que estamos empeñados en hacer una reforma de la ley de educación. Las distintas normativas han hecho un sobrado esfuerzo por dotar a nuestra etapa de entidad propia. Aún así, un gran número de profesionales no confían plenamente en las directrices de mejora, ni en los múltiples trabajos que fundamentan dichas directrices. La falta de criterios conduce en algunos casos, a adoptar como estrategias de mejora una más que dudosa incursión en los objetivos, contenidos y metodologías propios de la siguiente etapa. Estas actitudes se ven reforzadas por una manifiesta presión social.

Precisamos la búsqueda de estrategias que aseguren un desarrollo global cada vez mejor del niño. El empleo de metodologías que fomenten lo significativo y en el que se pongan a prueba, de forma continua, todas las capacidades inherentes a cada individuo. Paralelamente evitando los saltos que restan solidez a dicho desarrollo.

No se pueden obtener resultados académicos satisfactorios si realizamos un traspaso de la función familiar hacia el colegio mediante una saturación de proyectos y celebraciones que no están siendo respaldados en los hogares, no podemos volcarnos en los aspectos pedagógicos si nos ahogan los aspectos administrativos.

No cabe duda que quizá la principal demanda que debiéramos hacer para el éxito de nuestro sistema educativo, más que un aumento de recursos humanos o materiales es la toma de conciencia en las familias sobre la importancia de sus actuaciones dentro del proceso. En los últimos años, los que ya llevamos el suficiente tiempo para apreciarlo, hemos tenido ocasión de comprobar que los modelos familiares (por tanto sociales) no están consiguiendo los resultados necesarios. El papel de la escuela debe ser formador, buscando la implicación activa de las familias (presencial o no presencial) en las tareas relativas a la educación de sus hijos e hijas. La acción tutorial, por tanto, debe estar encaminada a este fin. Las estrategias son múltiples pero todas tienen en común el valor de la comunicación. Para ello será necesario hacer realidad la idea de comunidad educativa a través de:

  • Un variado establecimiento de canales de comunicación.

  • La adopción conjunta de estrategias familia-escuela.

  • Una merecida confianza mutua.

  • El firme compromiso de mejoras concretas.

Quizá todas estas ideas debieran ser consideradas para afrontar la situación insostenible de fracaso que venimos detectando.

Comenzamos este nuevo curso con nuevas ilusiones esperando que, una vez más, sean el mejor remedio para todo.