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LA FUENSANTA: DE PRODIGIOS, HORTELANOS, INUNDACIONES, PLANEAMIENTOS (2ª PARTE)

AUTOR

José Ramón Pedraza Serrano

LA FUENSANTA: DE PRODIGIOS, HORTELANOS, INUNDACIONES, PLANEAMIENTOS1 (2ª parte)

 

No tenemos otra tierra sino esta que pisamos y no podemos sustituirla por otra. (…) Buena o mala, el fatalismo de esta herencia nos liga a ella, hasta el punto de que la perpetua lucha de una simbiosis forzosa, nos hace amarla incluso.

 

Juan BERNIER LUQUE (1966)2

 

Pese a las imprecisas alusiones que algunos viajeros hacen a ‘arrabales’ de Córdoba, que bien podían ser barrios de la Ajarquía, el hecho fundamental a destacar aquí es, que a causa de la atonía demográfica de la ciudad, ésta en el siglo XIX ‘se extiende dentro de sus viejas murallas’, estando fuera ‘todo desierto’.

 

Antonio LÓPEZ ONTIVEROS (1991)3

 

Resumen

El artículo es la segunda y penúltima parte de una propuesta didáctica en la que se pretende acercar a la Comunidad Educativa al conocimiento del entorno escolar, en nuestro caso, el barrio cordobés de La Fuensanta. La intención es servir de base documental para dar a conocer y adaptar dichos contenidos a diferentes asignaturas y niveles educativos.

 

Introducción a la II parte

El cierre de la revista escolar Polimnia (IES La Fuensanta), literaria y reiteradamente premiada, con su décimo número, nos llevó a dejar inéditas la 3ª y 4ª partes del artículo que se editó en su 1ª y 2ª entregas en los números 9 y 10 de la misma4. Tal y como fundamentamos en la introducción general de la 1ª parte, el allegamiento del conocimiento del entorno inmediato del cual procede el alumnado y en el que desarrollarán en buena medida sus proyectos de vida debe servirnos para cubrir la letra y el espíritu en la consecución de las Competencias Básicas desde la perspectiva holística de las Ciencias Sociales, esto es, la integración en el medio que es cambiante y complejo y en el que habrá que adaptarse con sus problemas con afán de mejora de la sociedad y el ambiente que lo conforman5.

El trabajo de investigación escolar sobre el pueblo, el municipio, el barrio, la historia del propio centro,…es una de las estrategias de mejora que pueden ejemplificar la concepción de Proyecto Integrado, de transversalidad y multidisciplinariedad, y de competencialidad.

Con esta segunda entrega -inédita, tal y como hemos referido-, el objetivo es

convertir al barrio en objeto de atención, de análisis, de discusión, de solución a problemas existentes o de orgullo por pertenecer y vivir en una parte importante del viario y del imaginario colectivo de la ciudad.

(…) En definitiva, y como propuesta docente, lo que pretendemos es acercar un material ordenado que sirva -adaptándolo didácticamente a los diferentes niveles educativos- para dar a conocer aspectos geográficos, históricos, artísticos, políticos, culturales, sociales o económicos del medio que nos cobija, y que permita, verbigracia, conectar los currículos prescritos a una realidad próxima que debe ser llevada al aula (o mejor, al revés, el aula a la realidad), entusiasmar al alumnado hacia la investigación escolar, las fuentes directas, el propio paisaje urbano, las técnicas, procedimientos y métodos del trabajo indagador (aspectos no siempre asumidos y, de sólito, olvidados), u orientar la educación hacia la asunción de valores cívicos, al pensamiento crítico o al amor permanente por el aprendizaje”.

Con esta entrega más geográfica que histórica, más presente que pretérita, podemos completar una panorámica y un material curricular para ser abordado desde la significatividad que el objeto de estudio dimana por todas y cada una de las áreas didácticas.

III. LA FUENSANTA: DE PRODIGIOS, HORTELANOS, INUNDACIONES, PLANEAMIENTOS6

III.0 Introducción

Con esta tercera pata se continúa el folletín. El propósito que nos indujo a titular el artículo tal y como lo hicimos, con esta penúltima entrega confiamos en plasmarlo negro sobre blanco. Y aunque sea como un abreviado muestrario, esta tríada nos permitirá dimensionar, grosso modo, la pretensión inicial: ahondar en el tiempo y en el espacio para hallar raíces y compresiones (quién pisó mis pisadas).

Suficientemente hemos relatado el prodigio del hallazgo mariano, la revelación y la sarta de fabulosas historias que rebufaron a lo largo de siglos aquel maravilloso prodigio. Pero en este capítulo deberíamos referir al menos algo de “hortelanos, inundaciones, planeamientos”, que tangencialmente ya han sido traídos a estas páginas por formar todo ello un indisociable conjunto único, que, imbricado, ha sido el propio carácter del paisaje de este barrio que, por ser tan profundo y tan intransferible, debiera reivindicarse como tesoro inmaterial. El único requisito es que para reclamarlo hay que conocerlo y hay que compartirlo.

Dejando de lado la vertiente divina, con las lentes que nos brindan las Ciencias Sociales, bajaremos al terrenal mundo que nuestro barrio dibuja. El acercamiento que hagamos no puede agotar otras muchas facetas y vertientes que tan profunda y cordobesa historia exhala la Fuensanta. Como no era parte del propósito dejar redondeadas las cosas, que esta tercera parte sirva, antes que postre, de aperitivo para continuar rumiando historias de la historia. Como aventurábamos hace algún tiempo en la primera entrega:

Intentaremos, a modo de sueltas e inconexas pinceladas impresionistas buscar, o al menos intentar, dejar un cuadro panorámico de nuestro territorio local, sectorializado, antes y ahora, qué fue de las hazas al otro lado de la Axerquía,…7

III. 1 La Fuensanta literaria

Como hemos venido advirtiendo, nos sería indomeñable presentar siquiera un mero escaparate de las inspiraciones y atenciones que el entorno y contexto fuensantino ha tenido para el ingente mundo literario cordobés. Serán botones de muestra las referencias que incluyamos, y que, en absoluto, tienen que constituirse en el mejor descriptor de los señalados predios que hemos delimitado, y que, al menos, pretendemos que sirvan como ejemplos de esas querencias continuadas que, desde siempre, ha tenido este señalado lugar.

En primer lugar, y con un corte ambientalista, relatando las trazas en las que se vivía en la Córdoba anterior a la eclosión urbana contemporánea –tal y como hicimos en la primera parte de este artículo-, Pedro de Madrazo8 bosquejaba la situación a la que había llegado la vieja y sonora Córdoba, la sin par. La herrumbre decadente, al romántico modo, era la que envolvía la otrora céntrica capital, hace un siglo foco de miseria e involución:

La antigua reina del Guadalquivir, que ya sólo cobra de este gran río el tributo de sus aguas sin cansarle con sus bajeles, se ofrecerá a tus ojos como un mayorazgo arruinado que pasa la vida en majestuosa holganza, instalado en su espaciosa casa solariega, de cuyas paredes penden empolvadas, desgarradas y descoloridas tapicerías, en otro tiempo magníficas, y entretenido con los ahumados retratos de sus abuelos mientras las goteras acaban de arruinar sus artesones, y en tanto que sus tierras yacen abandonadas a la cizaña, a la oruga y a la langosta.

Sube conmigo a la enhiesta torre de la Catedral, y mira a tu alrededor. A tus pies un gigantesco templo; a tu frente, un caudaloso río, ya despojado de las frondosas alamedas de sus orillas; a tu derecha, tristes reliquias de suntuosos alcázares derruidos; a tu izquierda, una dilatada y heterogénea aglomeración de edificios de todas épocas, partidos en dos grandes secciones por una larga y anchurosa vía que marca las sinuosidades de una antigua muralla divisoria, en la que descuellan a trechos algunos torreones mutilados, últimos centinelas heridos de una hueste exterminada. Esa espaciosa vía es la calle de la Feria, arteria principal de la industria y del comercio de la antigua Córdoba, hoy sin sangre apenas.

Entre ese singular compuesto de todas las edades, divisarás en miserables callejas y en plazoletas de forma irregular, casas no pocas que por sus soberbias fachadas merecían, a no estar hoy la mayor parte desiertas, el envidiable nombre de palacios: (…) y esto a cada paso, en cada esquina, en cada calle.

[…] Do quiera que vuelvas los ojos, hallarás fachadas sin viviendas, entre cuyos sillares brotan el musgo y la malva, por cuyas ventanas pasan revolando los pájaros amantes de las grandes ruinas; monasterios inhabitados, templos desiertos, plazas donde crece la grama, calles a todas horas silenciosas, mercados donde no se trafica, talleres donde no se trabaja, tiendas donde no se vende; una población, en fin, inactiva, dormida, mermada, pobre, privada de las delicias de la cultura islamita, divorciada con las dulzuras de la progresiva civilización cristiana, y marcada con el estigma de una dolorosa decadencia material y moral.

Tiene un no sé qué la holgazanería, que a primera vista se confunde con la dignidad.

[…] La muralla y sus puertas. Esos muros que fortalecidos a trechos con gallardas torres, cilíndricas unas, cuadradas otras, y alguna ochavada, cercaban ha poco la ciudad, y hoy, despedazados como una pulsera rota, la dejan libre por varios lados, fueron obra de muchos siglos, pero toda de sarracenos y cristianos. De los romanos quedarán quizá cimientos. Lo más notable en ellos son las puertas, y algunas torres desviadas de la cerca y unidas a ella con pasadizos…

Esa misma ruina, ese estancamiento cual foto fija de un tiempo lejano que la sucesión de las centurias fue arrugando, erosionando, arramblando, desvencijando, es la que nos legó Pío Baroja. En su famosa novela La feria de los discretos aparece, como no podía de otro modo, la Fuensanta9. Pero lo que pretendemos es describir a través de su precisa pluma el paisaje en el que se hallaba la Córdoba del cambio de siglo, más próxima al medievo que a la modernidad en la que se desarrollaba la trama novelística. La precisión de la descripción es tan escrupulosa que no necesita de más conexión con el entorno que nos incumbe:

Con los ojos medio entornados, veía la puerta del puente, medio arruinada; más atrás, como por encima de ella, se levantaban los muros pardos de la Mezquita, con sus almenas dentelladas; sobre estos paredones amarillentos pesaba la cúpula negra de la catedral y se erguía graciosa la torre brillante de sol, con un ángel en la punta que se incrustaba en el gran zafiro de piedra del cielo.

A un lado del puente, el jardín del Alcázar mostraba sus altos y negruzcos cipreses y sus achaparrados naranjos; luego, la muralla romana, gris, manchada de un verde polvoriento por las hierbas parásitas, continuaba hacia la izquierda, y se extendía, cortada de trecho en trecho, por cubos de piedra hasta el cementerio de la Salud.

Al otro lado, las casas de la ribera formaban un semicírculo, siguiendo el arco de herradura del río, que avanzaba como a socavar los cimientos del pueblo.

Eran estas casuchas, que se reflejaban en la superficie del río –serpiente que a todas horas cambiaba de color-, pequeñas, grises y derrengadas. En sus paredes, que el sol calcinaba continuamente, crecían las hiedras oscuras; entre sus tapias brotaban chumberas de grandes pencas entrecruzadas, y de sus patizuelos, de sus corrales, salían las copas de los cipreses y las ramas de las higueras de hojas blanquecinas.

Los tejados eran grises, roñosos, montados unos sobre otros, con azoteas, con miradores, con torrecillas; en algunos, una vegetación de jaramagos los convertía en verdes praderas.

Por encima de estas casuchas se destacaba sobre el cristal del cielo la línea quebrada de los tejados del pueblo, interrumpida por alguna torre, y esta línea iba bajando hacia el río hasta terminar en unas cuantas casas azules y rosadas, próximas al molino de Martos.

A casi todas horas sonaba alguna campana10.

Ese río plácido, ese tañer broncíneo, esa imbricación en la que la naturaleza era tan presente que, a poco de un descuido, la ciudad sería engullida por la inundación, las trepadoras o la gravedad, es la que antológicamente nos presenta el añorado vate Bernier. Siguiendo el río aguas abajo desde “la curva casi toledana de Montoro, donde el agua dice adiós a los encinares y a los olivos ariscos de la sierra”, en su caminar, aparece en la Fuensanta, y en una de las mejores impresiones que hayamos leído (“Paisaje y emoción de la Fuensanta”), en una especie de paralelismo manriqueño, en el que parece haber bebido de otras fuentes literarias11, le lleva a decodificar una experiencia trascendente o espiritual, y en ese trance íntimo recita:

Agua adelante –en la izquierda la calva sed de las cortijadas-, la cinta de los cañizales se ensancha a la derecha, en un laberinto de huertas salpicadas de cal –verde y blanco paraíso-, ceñidor fresco de la ciudad, que amarillea desde la espadañas (sic) el marfil viejo de sus años.

Sobre este verdor profundo, dédalo de caminillos bajo las higueras, grotesco laberinto de las parras, solo asoma, enhiesta al cielo la rojiza espadaña de la Fuensanta. Para los ojos perdidos bajo el techo de la arboleda, para los pasos que ciñen los setos y las norias, el solo norte visible es esta torre que de cuando en cuando se recorta cara a la ciudad, inmóvil veleta que señala la ruta del descanso, el camino de la casa. Venir desde la barca, desde el molino. En la tarde, apagado el rumor de la chicharra, desciende por la huerta un silencio de bóveda sombría o de bosque de columnas. La luz se esfuma y del suelo surge, lenta como una ‘evaporación’ la tristeza crepuscular. Es un tránsito casi mortal tras el reverbero estallante del día, con su chispear cromático de inseptos (sic), su sol que vibra como mercurio inquieto, sus voces, sus esquilas, su vida hecha voz, hábito, movimiento. Parece morir algo, no sólo fuera, sino dentro de nosotros. Pesa la entera fronda que nos rodea, cada vez más entenebrecida. Y aligeramos los pasos hacia un espacio abierto, hacia la puerta del Santuario, que parece cerrada para que no volvamos a la negrura inquietante del paraíso perdido.

Y aquí quedar un rato, sentarse frente la cal y el ocre de la ermita. Es este sitio el más fresco y puro cauce de otro río paralelo al grande, cuyo rumor y aroma sentimos a unos pasos del río íntimo de la emoción, ante la belleza que no está en cosa determinada, sino todo lo que nos rodea, junto al seco pozo de nuestra sed. Desde el turbio limo de la tierra, nuestra alma pasa también al estático silencio calmo del crepúsculo. Frente, el caimán desdentado está en la pared, inmóvil, como una salamanquesa gigante. Detrás, Córdoba enciende sus tabernas y brinda su vino caliente, cuyo olor se adivina. Y en medio, nosotros, sobre la explanada donde el musgo no muere, quisiéramos morir…

III.2 La Fuensanta preurbana

Tal y como vimos en la primera parte de este artículo, la historia de la Fuensanta, las luces y sombras que el Santuario ha ido alternando a lo largo de los siglos es la propia sucesión contrapuesta que Córdoba ha ido disfrutando o sufriendo en sus días, en sus piedras. El letargo de los siglos modernos12 puede servir para comprender la pervivencia que hasta muy recientemente, como veremos, tuvo el paisaje tradicional de los alrededores, o como los momentos álgidos sirvieron, por lo general, para crear, consolidar o remozar las fábricas religiosas del devocionario local; y, ahí, con luz propia y sin parangón, se hallaba la Fuensanta.

Comenzamos la primera entrega -por ser el aspecto geográfico el más descriptivo y recreador de la zona que nos interesa-, con las citas de Ramírez y de las Casas-Deza y De Montis Fernández en las que se referían las bondades de los “alegres y pintorescos” alrededores, “verdaderos oasis que no es posible describir sucintamente”. En ese rosario de sitios a modo de corona extramuros, la Fuensanta era referencia simbólica destacada. Pero, el discurrir capitalista, la eclosión del Veinte, dejó en un viejo recuerdo esa imagen hoy difícilmente recreable13.

III.2.1 Evolución secular

Cuando se analiza el mundo antiguo, medieval o moderno en base al límite que la muralla suponía creando dos realidades tan distintas como opuestas14, desde una realidad actual en la que nada se parece a aquella división radical en todos los sentidos (modos, dedicaciones, fiscalidad, construcciones, poder, mentalidades, desarrollo,…), puede que no lleguemos a asumir en toda su extensión tal segmentación.

Es el profesor José M. Escobar Camacho quien mejor ha reconstruido la Córdoba bajomedieval, la ciudad que vióse festoneada por un continuado levantamiento de construcciones arrabaleras motivadas por la propia necesidad de espacio (crecimiento real de las poblaciones, actividades insalubres, ausencia de peligros invasores, apariciones milagrosas,…). Perfectamente radiografiado queda ese proceso urbano en la pluma del medievalista:

no existe agrupación de tipo urbano cuya vida no desborde dichos muros y se extienda por el entorno inmediato. Córdoba, que se encuentra limitada por dos accidentes naturales: la Sierra, al norte, y el río Guadalquivir, al sur, no será una excepción, ya que junto a las huertas y hazas existentes en sus alrededores se irán ubicando durante los siglos bajomedievales pequeños arrabales, que desempeñarán funciones complementarias de la ciudad15.

En la composición que hace del estado en el que se hallaba la Córdoba de los siglos tardomedievales desde un punto de vista urbano, y sabiendo que el sector oriental en el que se ubica la Fuente Santa es uno de los preferentes, esto es, de los más transitados por varios motivos (río, dedicación agrícola, tráfico de viajeros16,…), nos parecen elocuentes y fundamentadas las precisiones territoriales, que pueden perfectamente servirnos de base para comprender la realidad geográfica de aquel tiempo:

Después del pilar de la Fuensanta, que se ubicaba –pasada la puerta de Alquerque- en el ángulo nororiental de la muralla, nos adentrábamos en los alrededores del sector oriental de la ciudad, que se encontraba ocupado casi en su totalidad por tierras cultivadas (hazas, huertas, olivares) existiendo igualmente zonas dedicadas a ejido de la urbe cordobesa. Solamente frente a algunas puertas existían diversos tipos de edificios. (…) Extramuros de la collación de la Magdalena, frente a las puertas Nueva y la de Andujar, se localizaban diversas construcciones de carácter religioso y asistencial, (…). Por último, frente a la puerta de Baeza, se encontraba el monasterio de Sta. María Madre de Dios, fundado a fines de la primera mitad del siglo XV en unos terrenos del pago de Milana por el terciario franciscano Ruy Martínez de Pineda, así como el santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, cuya historia, surgida también en la primera mitad de esta centuria, ha sido escrita por notables escritores cordobeses17.

Con todo, el macizamiento que hoy podemos comprobar en todas las hectáreas del recinto amurallado no fue tal, y la Axerquía, a pesar de contar con un eje este-oeste en su sector meridional –paralelo al río- de incuestionable importancia, no supuso un continuo urbano intramuros en sus collaciones más bajas u orientales, siendo frecuentes los intersticios interparroquiales o vanos ocupados por huertas y eriales18 –tal y como se puede comprobar en los planos decimonónicos de la ciudad-, lo cual daría una mayor sensación de alejamiento del sector del ruedo que albergaba al Santuario19. La visión que nos dejó F. M. Baldi, bien puede ser buen testimonio de tal sensación. Es el catedrático López Ontiveros quien deletrea a la perfección la situación de la ciudad en esos lances históricos:

la Córdoba bajomedieval se debate entre la continuidad con la musulmana del último período –grandes células urbanas, esencial estructura urbanística de la Villa, alcantarillado y agua, centro económico, etc.- e innovaciones nítidas –ruina de su periferia extramuros, conformación casi ex novo de la Ajarquía, creación de San Basilio, parroquias y barrios, etc.-. Ésta, no obstante, es la ciudad que ya sin grandes modificaciones –aunque con retoques importantes- integrará lo que hoy se llama casco histórico de Córdoba (…). En suma, nuestra ciudad se va modelando con aportes variados y de distinto origen como corresponde a su rica historia20.

La que nos puede resultar imagen de un tiempo arcano, ha subsistido con patrones medievales hasta fechas muy próximas a nosotros. La fotografía contemporánea, la colección de planos conocidos o algunas descripciones corográficas coetáneas a nuestros ascendentes inmediatos pueden corroborar tales pervivencias. A propósito, podemos hallar algunos asertos en el catedrático Cuenca Toribio21, que proyectan una misma perpetuación atemporal en una ciudad ensimismada y anodina. Enlacémoslos:

  1. Otros puntos negros de higiene urbana y de su morbilidad elevada en tiempos de epidemia eran las aguas estancadas que, sobre todo, en los meses de estiaje, dejaba el río, así como la falta de higiene que en ocasiones afectaba a los grandes veneros y arroyos –San Lorenzo, Fuensanta- que surtían la ciudad. Como una prueba más del peso de la Córdoba medieval en sus destinos ulteriores, constatamos que este cuadro no cambiaría en ninguno de sus parámetros esenciales hasta una Córdoba muy cercana en la memoria y en el tiempo.

  1. Córdoba plasmó en los siglos medios el carácter con que había de reconocerse hasta la aparición de la época contemporánea. Una ciudad extractora de su entorno y medio, del que extraería rentas, tributos y diezmos, ofreciendo poco a cambio por la debilidad de sus estructuras productivas, aunque compensada en parte –durante algunas etapas- por una considerable actividad comercial.

  1. Las huertas, los solares y otros espacios deshabitados eran muy extensos en la Córdoba de los tiempos modernos y lo seguirían siendo incluso a lo largo de toda la primera fase de la edad contemporánea, sin que por tanto existiese carestía de suelo ni necesidad de terreno para edificar fuera de ella.

A mediados del siglo XVIII, tenemos plena constancia de que el ruedo que el cemento absorberá con el paso del tiempo estaba perfectamente delimitado y vigente. Así lo recoge López Ontiveros cuando analiza el catastro de Ensenada, haciendo un diagnóstico que viene a ratificar esa perduración del paisaje que se perpetuó en siglos y que nuestros mayores pudieron contemplar. Respecto al ruedo, historiaba:

bien presente estaba en el siglo XVIII, con sus característicos ingredientes de proximidad e intensivismo. Así se describe en contestación a la pregunta 10ª: ‘Tres mil fanegas que son las del ruedo de esta Ciudad, y producen sin permisión un año de trigo, otro de cebada y otro de semillas, con esta distinción; en su terzera parte, habas; y en las otras dos tercias partes, garbanzos, lentejas, yeros y alberjones, por iguales partes”, precisándose en otro lugar que el ruedo “se siembra todos los años sin intermisión por el beneficio del estiércol con que se prepara por facilitarlo la inmediación a este Pueblo’

(…) Por consiguiente, el campo cordobés se organiza en forma de tres coronas sucesivas, cultivadas de más a menos intensidad, desde la producción permanente de las tierras del ruedo al cultivo al tercio de los cortijos, pasando por el año y vez del trasruedo22.

En esa aureola territorial poco urbanizada, llegada la contemporaneidad, comenzaban a aparecer edificaciones de distinto calado, entre ellas cementerios, que desde su instalación extramuros comenzaban a ser vistos como agentes disuasores para la higiénica habitabilidad de esos entornos colindantes23. Éste puede ser un indicador de esa ruptura definitiva en esa dinámica en la que se había visto atrapada Córdoba, indolente y alejada de los centros de poder y de decisión nacionales, atrasada en una España atrasada.

La llegada del ferrocarril supondrá el cambio de signo, el punto de inflexión para conectar la ciudad a los circuitos comerciales y turísticos regionales e internacionales. Excelente es la síntesis que García Verdugo24 hace de este momento, cuando prologa la obra de José Mª de Montis. Aquí, en este preciso momento, el pulso marchito comienza a espabilarse:

La Córdoba descrita en el texto, enunciada en el Nomenclátor y representada en su Plano, la ciudad que encuentran los primeros viajeros que arriban en el ferrocarril es una capital que había experimentado pocos cambios urbanísticos en los siglos precedentes, con algo más de 40000 habitantes, íntimamente apegada a la actividad agrícola y con un fuerte componente artesanal según la ocupación de los mismos, ciudad en la que se acometen las primeras intervenciones de transformación y adaptación a los nuevos tiempos y exigencias que plantea la sociedad moderna.

El hito que constituye la llegada del ferrocarril supone la culminación de una fase previa a la vez que significa el punto de partida de un proceso ya decidido e imparable de modernización de la vieja urbe: la ciudad cerrada por el cinturón de murallas se abre al exterior con la demolición de algunas de las puertas existentes y la desaparición de no pocos lienzos de aquéllas; la población empieza a dotarse significativamente de las infraestructuras, equipamientos y servicios precisos para mejorar y preservar la vida de sus habitantes;…

III.2.2 Las claves del cambio urbano: de ruedo a las afueras

Tal y como hemos venido viendo desde el comienzo, la ocupación extramuros de Córdoba debería ser “ínfima, por no decir inexistente”. Contadas ocupaciones a modo de mogotes aislados son las que rodean al núcleo urbano. En ese recuento, siguiendo las descripciones de los viajeros decimonónicos, amén de “la iglesia de los Mártires en la ribera del Guadalquivir”, López Ontiveros enumera:

El Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, el Convento de Carmelitas Calzados frente a Puerta Nueva, el Convento de San Juan de Dios en aquellas inmediaciones, el Convento de Trinitarios Calzados, junto a la Puerta de Plasencia, San Cayetano cerca de aquél, el Convento de Capuchinos ‘que cae por este lado de la ciudad’, San Diego de Arrizafa, convento de PP. Franciscanos Recoletos, a media legua de Córdoba, San Gerónimo de Valparaíso a mayor distancia.

(…) Pero, como fácilmente puede inferirse de los datos precedentes, aunque ellos sean incompletos, no existía expansión urbana extramuros, reduciéndose la periferia principalmente a edificios religiosos ya existentes, bien a continuación de las edificaciones intramuros, bien a conventos dispersos y lejanos. No podía ser de otro modo en una ciudad decadente y de escasa población que fácilmente podía asentarse en un recinto extenso y no macizado25.

Llegado el siglo XIX, comienzan a activarse, sin grandes alardes en nuestro cuadrante, las operaciones urbanas que irán abriendo el constringente cinturón pétreo. En palabras de la profesora Martín López, que con maestría y como nadie ha estudiado al detalle toda la urbe, “una de las alteraciones más significativas de la transformación de la ciudad que acaece en el siglo XIX es la demolición de las antiguas puertas y murallas, proceso que marca el paso de la ciudad antigua, cerrada, defensiva y perfectamente definida por los límites que le marcan sus murallas, a la ciudad contemporánea abierta y comunicada”26. Es en la profesora Cristina Martín donde hallamos un concienzudo razonamiento de cómo las funciones militares, territoriales27, fiscales (venta de terrenos contiguos a la muralla), laborales (evitación del paro) o higienistas, son las que llevarán, desde 1852 a 1905, a la demolición de los lienzos de muralla y puertas hoy perdidas, con especial énfasis desde 1868 a raíz de la supresión de derechos de puertas y consumos, con la que se desata “realmente la fiebre demoledora”, salvándose exclusivamente las de Almodóvar y del Puente. En esta misma dinámica, y en un mismo proceso urbano, comienzan a aparecer periféricamente paseos y avenidas a modo de rondas circundantes en pos de un tráfico mayor y más veloz, “y sirviendo de nexo de unión entre la ciudad histórica y la expansión periférica reciente”. En este contexto histórico es donde podemos encontrar el cambio de dinámica definitivo hacia lo que, con el tiempo, sería nuestro barrio. A pesar de no crearse de inmediato un conjunto de ensanches residenciales, intentos fracasados como sucedió en el Campo Madre de Dios con un proyectado polígono obrero (1895), se permite, dentro del débil dinamismo de la ciudad cordobesa, la progresiva ocupación de espacios con instalaciones de distinto tipo. En resumidas cuentas, podríamos concluir con la geógrafa referenciada:

La demolición de la muralla en Córdoba viene acompañada por la ordenación y embellecimiento de sus espacios periféricos, iniciándose así un proceso de formación de las rondas y avenidas que circundan la ciudad sobre el espacio que ocupaba la muralla, respondiendo también a la necesidad funcional de facilitar el tráfico dado el trazado laberíntico de la ciudad28.

Si a todo ello, le unimos algunas operaciones de alineación de la trama urbana dentro de la Axerquía, en la Carrera del Puente (actuales Agustín Moreno, Don Rodrigo, Lineros, Lucano, Cardenal González) en el último tercio del siglo XIX, directamente relacionadas con el tráfico Madrid-Cádiz29, buscando el paso del río por el viaducto romano a falta del actual Paseo de la Ribera, comprenderemos que es este sector suroriental extramuros, actual Fuensanta, el que se vigorizará adquiriendo un cierto interés urbanístico hasta ahora sólo relacionado con la relevante devoción del Santuario, sus huertas y sus fiestas. El mantenimiento de un cierto protagonismo en la estructura urbana contrastaba con una Axerquía que se quedó “al margen del proceso de renovación” debido a la huida del centro cordobés camino del norte por atracción de un ferrocarril que venía a suponer la migración hacia el mismo del poder económico, político y social en un proceso de elitización a nivel urbanístico con el claro ejemplo de la apertura del Paseo del Gran Capitán. En ese vertiginoso traslado, la depreciación de los barrios extremos de la Axerquía socioeconómicamente era una misma y contrastada realidad, marginalidad que ha llegado progresivamente aminorada hasta nuestros propios días con más o menos gravedad y matices30.

En resumidas cuentas, como hemos venido viendo, el estancamiento urbano hasta bien avanzado el siglo XIX es total, y con especial énfasis en el sector fuensantino, ajeno a cualquier “revolución” obrera o burguesa en lo que a creación urbana u ordenación territorial se refiere. Una instantánea elocuente es la que podemos hallar en Cristina Martín para radiografiar los derredores allende la Puerta de Baeza:

Durante el período que estudiamos, el flanco oriental parece quedar al margen, salvo actuaciones muy puntuales, de ese propósito de embellecimiento de los alrededores de la ciudad. Esta periferia alejada del centro neurálgico de la misma y colindante con los barrios más populares como el de Santiago, San Lorenzo y el de la Magdalena, quedó ajena al espíritu renovador de la época. Prueba de este olvido son las continuas peticiones y lamentaciones de los vecinos de estos barrios para que se emprendiesen algunas mejoras en este sector de la ronda y para que se habilitasen algunos espacios próximos a ella, que sirvieran como lugar de recreo. Peticiones que incluso se pronuncian en un tono de cierta resignación.

El único espacio para el esparcimiento con que contaban los vecinos de estos barrios orientales era el llamado Campo de San Antón, situado en el trayecto que comprendido entre la puerta Nueva y la esquina del exconvento de San Juan de Dios se prolongaba hacia el Sur, hasta la esquina del exconvento de Madre de Dios. Este lugar fue objeto de una importante mejora, hija del reformismo borbónico, que como señala Aranda Doncel convirtió a esta zona en uno de los paseos más hermosos de la ciudad31. (…)

Por otra parte, el estado de la ronda oriental no podía ser más lamentable y es por ello por lo que insistentemente se pide su afirmado y sobre todo el cubrimiento del arroyo que próximo a la ronda corría desde la puerta Nueva a la de Baeza,… (…) También se puso en marcha, en ese mismo año [1861], el expediente para cubrir el arroyo que corría desde la puerta Nueva a la de Baeza:

Se trata de llevar a cabo el cubrimiento del arroyo desde la puerta Nueva a la de Baeza cuyas insufribles emanaciones tienen en jaque continuo a los transeúntes”32.

Así pues, el proceso de mejoramiento de esta zona, como iremos viendo, va a ser muy lento y las reformas recibidas mucho menores que en otros sectores de la ciudad, no acometiéndose la total transformación de esta ronda hasta finales del siglo XIX33.

III.3 Punto y seguido

A pesar de haber querido finiquitar el artículo con esta entrega, nos veíamos obligados a no dejar en el archivo citas y reflexiones que bien pueden abrir, como decíamos al principio, caminos para seguir transitando, esto es, dar a conocer mínimamente un contorno temporal y espacial que permita hacerse una idea de cómo ha ido evolucionando el emplazamiento de lo que será el barrio de la Fuensanta-Santuario. Y si con esta divulgación conseguimos que algún alumno/a tire del hilo desmadejando nuevas historias, la pesadez de prolongar el trabajo y prorrogar el fin del mismo estará más que justificada.

Terminamos con la síntesis que el profesor Antonio López Ontiveros hacía sobre la expansión extramuros, que, con el tino acostumbrado y clarividencia, nos permitirá –ahora sí- culminar en la próxima y última entrega el diseño y construcción del espacio ciudadano que hoy conocemos y habitamos. A modo de eslabón entre lo que hemos recreado en este fascículo y la realidad urbanizada, populosa y extensiva, extractamos:

El primer hecho a destacar en el tema es el carácter muy reciente y comparativamente retrasado en relación con otras ciudades españolas del crecimiento periférico cordobés, que se convierte así en un hecho de la postguerra civil y sobre todo posterior a los años cincuenta. (…)

Las causas de este ‘decalage’ temporal –no está mal repartirlas- están en el retraso del ciclo demográfico moderno cordobés, en la capacidad de absorción poblacional del casco, ensanche y rondas, y en la debilidad de la industrialización cordobesa, cuyos emplazamientos también tuvieron espacios suficientes en rondas y cercanías de las murallas y ferrocarril34.

Con el beneplácito de los editores y la compaña de la Naturaleza, esperamos en el próximo número poner la última pata: la traza y construcción del barrio, alguna inundación, la Velá, algún material didáctico, y otras hierbas nos quedan en un tintero que procuramos que nunca se seque. Es la savia y el hartazgo de las Ciencias Sociales.

José R. Pedraza Serrano

Profesor de Ciencias Sociales. Geografía e Historia del IES La Escribana (Villaviciosa, Córdoba)35

1 La decimalización de los epígrafes y subepígrafes siguen las numeraciones de la primera parte de este artículo (vid. e-CO, 6) . La bibliografía completa se publicará al final de la última entrega.

2 BERNIER LUQUE, J. (1966); 32

3 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1991); 45

4 PEDRAZA SERRANO, J. R. (2010): “La Fuensanta: de prodigios, hortelanos, inundaciones, planeamientos (I)” (Revista digital e-CO, 6). Centro de Profesores. Luisa Revuelta, 25 pp.: “La finalización de la edición de la misma supuso dejar inconcluso el trabajo que ahora presentamos, inédito en la que será segunda parte”.

5 MONTERO ALCAIDE, Antonio (2010): “Un diagnóstico escolar” (el Día de Córdoba, 22.7.2010); 4: “Hemos de entender por competencias el conjunto integrado de elementos (conocimientos, actitudes, destrezas, habilidades, motivaciones) que los alumnos ponen en juego, mediante procesos cognitivos, para solventar requerimientos ordinarios, aunque complejos, de la vida cotidiana”.

6 Con números romanos se indica el contenido de cada una de las entregas, en este caso III (tercera), y con números arábigos, los epígrafes propiamente dichos.

7 PEDRAZA SERRANO, J. R. (2007): “La Fuensanta. De prodigios, hortelanos, inundaciones, planeamientos [I]” (Polimnia, 9); 29-36

8 MADRAZO, P. de (1884); 491-495

9 BAROJA, P. (1904):

Voy a ir a rezar a la ermita de la Fuensanta –dijo Remedios a Quintín-. ¿Quieres acompañarme?

Fueron Remedios, la criada joven y Quintín al caer de la tarde.

Rezaron ellas, y volvieron de la ermita charlando”. (148 [cap. 21]).

Cf. LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1991). El profesor Antonio López incluye un capítulo titulado “Córdoba en La Feria de los Discretos de Pío Baroja”, y acerca de nuestro ámbito y con certeza, arguye: “Y por último, son irrelevantes las alusiones al entorno oriental, en que sólo se reseñan el Campo de la Madre de Dios, el Campo de San Antón, por donde se puede salir a la carretera de Madrid, y la ermita de la Fuensanta, donde los cordobeses acostumbran a ir a rezar.

Todos los datos anteriores sobre los alrededores de Córdoba son insuficientes para conocer éstos con detalle, pero de ellos se deducen dos conclusiones claras: la exurbanización de Córdoba aún no se ha iniciado y los barrios extramuros no son otros que los que han venido existiendo siglos atrás…”. (122)

10 BAROJA, P.; 200-201

11 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1991): citando en la selección de textos a Antonio Ponz, leemos: “El camino que queda desde las ventas de Alcolea á Córdoba es quasi todo él una llanura entre Guadalquivir, que ya corre por la margen izquierda, y las faldas de Sierramorena, que continúan por la derecha. El perpetuo natural verdor de esta benigna y larguisima cordillera, que no se pierde devista desde que se entra en Andalucía caminando por la vía recta de Madrid hasta Sevilla, contrapesa en parte, y sirve de alivio quando hay que atravesar campiñas totalmente desarboladas.

A poco trecho despues que se ha pasado el río ya se van descubriendo caserías en las haciendas de las faldas de estos templados montes. Córdoba se descubre también á más de una legua de distancia, y antes de entrar en el término de sus huertas se camina por entre robustísimas y altas encinas, y algunos olivares, etc.” A. Ponz: o. c., T. XVI, pp. 273-6”. (75-76)

12 CUENCA TORIBIO, J. M. (1989): “El ocaso de Córdoba sería, empero, tan fulminante y espectacular como su plenitud. (…) La formación de los reinos de taifas sentenció definitivamente la empresa histórica que Córdoba había querido acaudillar.

Y desde entonces parece caer sobre la bella, grave y solemne ciudad una cortina de olvido y silencio que sepulta a la antigua capital de al-Andalus en una hondonera de la que sólo momentáneamente saldrán en algún corto y espaciado período.

El siglo XVI es uno de ellos”. (71)

13 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1994): “La Córdoba reconquistada coincide con la de la fase final musulmana, o sea, comprende sólo Medina y Axarquía: la primera ocupada casi integralmente y la segunda muy escasamente, y ambas amuralladas pero con sistemas de muy distinta eficacia como se evidencia en el asalto. Por tanto esta ciudad poco se parecía en sus dimensiones y en su estructura polinuclear a la califal, aunque casi tal cual es la que llega hasta el siglo XX, antes de su expansión periférica actual”. (219). Igualmente, CASTILLEJO GORRÁIZ, M. (1994): “...en el Santuario que lleva su nombre, antes a las afueras de la ciudad, y que hoy debido a la lógica expansión urbanística ha quedado rodeado por las construcciones del popular barrio que recibe su nombre,…”. (VII)

14 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1994): “Fuera del recinto amurallado la expansión urbana era mínima, alternando campos cultivados de ruedo y huertas y ejidos con cementerios, ermitas, conventos y monasterios como el de la Merced, Santa María Madre de Dios y San Agustín, pequeños barrios –Ollerías, Tinajerías y Tejares-, molinos y norias junto al Guadalquivir”. (220)

15 ESCOBAR CAMACHO, J. M. (1989); 115

16 Ib.: [Puerta de Baeza o de Abbas -72-73-] “La importancia de esta puerta en los últimos siglos medievales vendría dada por ser una de las entradas más utilizadas por los que, dirigiéndose hacia el sur, tenían a nuestra ciudad como paso obligado” (73). En este mismo sentido, LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1994): “…continuidad esencial del centro urbano musulmán en torno a la Mezquita y a lo largo de los aledaños del Guadalquivir. Razones de todo orden creemos que explican la ubicación de este centro económico (…) y por último, la ‘carrera del puente’ (que entraba por la puerta de Baeza y seguía por la calle Mayor, Puerta Piscatoria, Alcaicería, espaldas de la Catedral y Puerta del Puente) facilitaba el enlace entre el este y el sur y el oeste andaluz. Pronto, no obstante, (…), la zona económico-comercial de Córdoba se desplazaría hacia el norte con la construcción de la plaza de la Corredera”. (222)

17 ESCOBAR CAMACHO, J. M.; 117-118

18 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1985): “…es muy probable que la Ajarquía estuviese en buena parte despoblada y sin edificar, coadyuvando las colaciones fernandinas, dispersas y estratégicamente dispuestas, al macizamiento y relleno edificatorio de este extenso sector de la ciudad, que se configuraría como tal por la conurbación de los distintos núcleos”. (283-284)

19 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1994): “La Axarquía , por el contrario, recién conquistada la ciudad era un sector poco urbanizado con una amplia explanada al este de lo que hoy es la calle de la Feria y más hacia el norte, con huertas por doquier y con un inmenso vacío en el sector oriental. En realidad sólo estaba ocupada en su sector central –San Andrés y San Pedro- y a lo largo de las vías que se dirigían a las puertas orientales. Por ello la urbanización de la Ajarquía es muy intensa en los siglos XIII-XV, como lo demuestra la frecuente toponimia de varios ‘Barrionuevos’. Pero esta urbanización, como es lógico, ya no se atiene a los cánones musulmanes: es más geométrica, con vías menos tortuosas, con manzanas más regulares. De aquí que la Ajarquía urbanísticamente sea un híbrido de urbanismo musulmán y cristiano-medieval” (221). Esa misma constatación urbanística la descubrimos en CUENCA TORIBIO, José M. (1993): “Incluso en el entramado musulmán, en plena Ajerquía –quizás abandonada parcialmente un tiempo después de la Reconquista a causa de su acusada postración-, surgirían calles de nuevo trazado”. (57)

20 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1994); 222

21 CUENCA TORIBIO, J. M. (1993); 59, 66, 87, respectivamente.

22 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1990): “La ciudad de Córdoba según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada”, en Córdoba 1752 según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada. Edic. Tabapress. Col. Alcabala del Viento, 3; 32-33

23 DE MONTIS FERNÁNDEZ, J. Mª (1868): “[Tras enumerar el conjunto de parroquias, conventos y ermitas] “Santuarios: San Rafael, la Salud y la Fuensanta” (10). [Posteriormente continúa con Establecimientos de beneficencia, hospitales, casas de expósitos, colegios y escuelas, asilos de mendicidad, y otros monumentos y edificaciones civiles y religiosas].

Cementerios: hay dos, el de la Salud, y el de San Rafael, bastante buenos, pero indebidamente permitidos construir en los parajes que ocupan, si hemos de tener para algo en cuenta la higiene pública, y pocos estensos (sic) para establecer los enterramientos familiares que van ya usándose”. (18). Ello mismo es recogido por LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1991): “Córdoba seguía siendo totalmente una ciudad intramuros, aunque muy tímidamente van configurándose en el exterior algunos paseos y algunos servicios (estación, plaza de toros, cementerios)”. (47)

24 GARCÍA VERDUGO, F. (1996); V-VI

25 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1991); 27-28. A este propósito, y sobre la importancia que las corporaciones religiosas tuvieron en todos los órdenes en la historia de la ciudad a lo largo de los siglos, CUENCA TORIBIO, J. M. (1993): “El edificio administrativo e institucional de la Córdoba medieval encontraba en el mundo eclesiástico su segunda piedra angular. Parroquias, conventos y obispado eran sus paredes maestras. Más adelante nos referiremos a las primeras, no sin dejar ahora de subrayar el crisol que han representado en la formación de nuestra ciudad, de la que en todo momento han constituido una célula básica no sólo en el plano religioso sino también en el cívico y ambiental. Junto a la red parroquial hay que colocar, en ocasiones con rango e importancia no menores, la conventual que muy pronto acompañó a la primera. Las flamantes órdenes de franciscanos y dominicos junto a la más antigua de los agustinos constituyeron el trípode de esta organización conventual, de tan gran importancia –insistiremos- en la fisonomía física y espiritual de la ciudad hasta mediados del siglo XIX y aún posteriormente”. (55-56)

26 MARTÍN LÓPEZ, C. (1990); 241

27 Ib.: “Otras razones para su desaparición, constantemente argumentadas, ante la aparición de nuevos usos en el primer ruedo de la periferia circundante (esparcimiento, instalaciones fabriles e industriales, llegada del ferrocarril, etc.) es la necesidad de una mejor comunicación de la ciudad con el exterior, a lo cual se opone normalmente la estrechez de las puertas existentes e incluso su escaso número. Igualmente existieron corrientes de opinión que alegaban razones sanitarias para su derribo, de modo que se contemplan las murallas como un elemento obstaculizador de la aireación y soleamiento del conjunto urbano”. (242)

28 Ib.; 253

29 Ib.: “A esta necesidad [hundimiento de las casas de la Ribera] se une el deseo de construir en la Ribera y paseo por el cual desviar el tránsito de la carretera de Madrid a Cádiz, evitando así los inconvenientes del continuo paso de carruajes por las calles de la ciudad, recorrido que en conjunto era conocido como Carrera del Puente”. (240)

30 Ib. En un texto de la época que recoge C. Martín López, ya podemos demostrar explícitamente este proceso de degradación o banalización: “Sucede en esta población que la riqueza urbana de los barrios bajos está menospreciada, por la tendencia de aproximar todo negocio a los centros mercantiles de la parte alta y hacia la estación de los ferrocarriles originando la ruina y abandono de la propiedad en los barrios bajos…”. (252)

31 Ib.; 151, citando a ARANDA DONCEL, J. (1984), p. 208

32 Ib.; 152, citando al DIARIO DE CÓRDOBA: 26 de mayo de 1861. Gacetilla: “Me parece bien”.

33 Ib.; 151-153

34 LÓPEZ ONTIVEROS, A. (1981); 156-157

35 En el momento de la redacción del artículo el profesor José R. Pedraza Serrano estaba destinado en el IES La Fuensanta (Córdoba).